Un
día cualquiera, volví a sentirme una cualquiera.
Hace tiempo que estuve en el fondo; sintiendo que no valía nada,
Hace tiempo que estuve en el fondo; sintiendo que no valía nada,
valiéndolo
todo.
Pensar en el futuro nunca fue una posibilidad; todo me resultaba innecesario,
hasta yo. El problema se agravó cuando asumí que podía sumergirme en mi propio
mar sin morirme del todo, y aprendí a disfrutar mientras arrastraba a las demás
personas a ahogarse junto a mí.
Siempre
-y digo siempre-
rompía a llorar
en la orilla.
Porque comprendí tarde que odiar es amar a la inversa. Porque era respirar
conmigo lo que me quitaba el aire.
Una vez que te marchas
para hundirte,
jamás
-y digo jamás-
regresas de la misma manera.
Una vez que te marchas
para hundirte,
jamás
-y digo jamás-
regresas de la misma manera.
Créanme cuando les digo que, en ocasiones, echo de menos lo de quererme tan poco y odiarme en exceso, pues a veces tiendo a desconocer mis límites negativos y eso hace que me sienta enorme, sí, pero dentro del fracaso.
Huía,
huía,
huía.
Nunca aprendía a volver.
(Aunque ahora sí sepa).
Que para saber la frecuencia con la que escribo primero se debe conocer la frecuencia con la que lloro.
Precioso
ResponderEliminar